interview conducted by Alishia Ninou

Carme Jiménez is a respected Catalan writer, a philologist who has specialised in linguistics. She is exceptionally knowledgeable about her subject. This work presents some new research hypotheses, which show that Romance languages share a high percentage of phonetic, lexical, morphosyntactic and semantic characteristics, showing a close kinship to a linguistic typology that relates them to each other but distances them from Latin. But her well documented research has not been without its controversies. She has faced an academic onslaught from those who oppose her theory as well as for her research on the Iberian language.

ROMANCE DID NOT BEGIN IN ROME


Romance Did Not Begin in Rome
A critique of the Latin origin of Romance languages
Carme Jiménez Huertas
Foreword by Cristina Brescan

NUEVA EDICIÓN en INGLÉS del libro:
No venimos del latín. Segunda edición revisada y ampliada

Synopsis
For many years, we have been taught that Romance languages come from Latin. Historical grammar has described this process on the basis of a complicated theoretical framework of successive changes that caused a deep transformation of the parent tongue, which degenerated into the so-called Vulgar Latin.
However, as shown in recent research, on a morphosyntactic structure level, linguistic change is a very slow process. Some of the internal changes of a language do not occur over centuries but rather could be traced back over millenia. Why does historical grammar attribute to external influences the evolutionary process from Classical to Vulgar Latin and disregard the fact that it could be caused by the substrate language or languages? Some features of those languages would have survived the Romanization and point to an older common ancestor, an agglutinative and compositional language shared by the various Mediterranean peoples and from which the so-called Romance languages would stem.
This work presents some new research hypotheses, which show that Romance languages share a high percentage of phonetic, lexical, morphosyntactic and semantic characteristics, showing a close kinship to a linguistic typology that relates them to each other but distances them from Latin. It is focused on Spanish although some examples are included in different Romances, such as the Romanian language which retains some aspects that help us to get closer to this common parent tongue. How can it be that the Romanian language has survived isolated so many tough, non-Romance invasions? The structural, lexical, phonetic and conceptual similarities between Romanian and the rest of Western Romance languages –distant languages whose people have not been in direct contact for at least two thousand years– suggests an earlier common language which must be much older than Latin.
Therefore, the characteristics of the Romance languages might have evolved directly from this common, previous language, without having to justify this development through Latin. The relationship between Romance languages and Latin would then be of kinship and not filiation.
The evidence is increasingly conclusive: Romance languages do not originate in Latin.

  

La palabra noche y el número 8

La palabra noche está relacionada con el número ocho. Esta extraña relación se repite en muchas lenguas.
La lingüística cognitiva supone que los símbolos son la unidad básica del lenguaje, siendo estas unidades el emparejamiento de una estructura semántica (significado) y una etiqueta fonológica (sonido).
¿Qué significa esto? A nivel subconsciente, el lenguaje establece lazos sutiles que actúan en la formación de las palabras creando relaciones en sentido figurado. Lo que constatamos es que hay un significado —una idea metafísica o filosófica— escondido en las palabras de modo que, lenguas de familias distintas, conforman las palabras a partir de la misma idea.
Veamos entonces qué sucede entre la palabra noche y el número 8.

 ¿Qué explicación podemos darle? ¿Coincidencia? ¿Qué connotaciones y simbolismo se asocia al número ocho que se le vincula con la noche? Es cuando no hay luz, cuando no vemos. Significa no ver (no-ojo, literalmente). Pero, ¿por qué el ocho es la noche y el nueve el nuevo?
Durante muchos años me he preguntado cómo funciona este metalenguaje. La respuesta se mueve en la siguiente dirección: el cerebro no hace distinción entre lo que ve y lo que imagina. Las primeras palabras tendían a describir lo que se veía. Una palabra equivalía a una idea y el primer referente fueron las partes del cuerpo. En catalán, la palabra costa empieza igual que la palabra cuerpo (en catalán: cos). La costilla y el costado son parte de este cos. Unir dos pedazos o cuerpos de algo es cosir (en castellano: coser). Traer algo hacia nosotros es acostar (en castellano: acercar). Los brazos abrazan. Las manos amasan. Con los pies se pedalea. Sentarse sobre las rodillas es arrodillarse. En el dedo se coloca el dedal. Y el collar, en el cuello.
Cuando el lenguaje dio un paso más para describir lo que no puede verse, aplicó exactamente el mismo método, relacionando conceptos con metáforas visuales. Aplicó la imaginación.
La imaginación se activa mediante el lenguaje metafórico, crea relaciones entre el mundo de lo que se ve y el mundo no visible. Por ejemplo la actividad visible de comer y todo el proceso de asimilación de la comida sirven para describir estados psicológicos perceptibles, pero invisibles. Así, metafóricamente, cuando una persona no nos cae bien no podemos tragarla, como tampoco nos tragamos una mentira; cuando necesitamos pensar mucho en algo, lo rumiamos, como si necesitáramos masticarlo bien; rumiar, metafóricamente, también significa refunfuñar; nos cuesta digerir un disgusto o la muerte de un ser querido; cuando definitivamente algo no nos sienta bien, se nos indigesta o acaba ocasionándonos un retortijón y si la cosa es aun más grave, nos cagamos, soltando literalmente todo nuestro malestar encima de la otra persona.
Esta capacidad del lenguaje explica que, con el transcurso del tiempo, haya palabras que han transmutado su significado. No obstante los diccionarios parecen no tener en cuenta estos procesos porque nos alejan del verdadero origen y significado de las palabras.
Veamos un ejemplo. La palabra abandonar, según el diccionario de María Moliner, viene del francés ≪abandonner≫ y significa ≪dejar de lado una cosa que tiene la obligación de cuidar o atender, apartándose o no de ella≫. Dado que es evidente que forma parte de la misma familia que banco, bancal, banda, bandeja, bandera o bando, buscamos estas palabras en el mismo diccionario etimológico. Banco viene del germánico ≪bank≫ y significa asiento. Bancal viene del árabe ≪manqala≫ y significa soporte. Banda viene del germánico ≪band≫ y significa cinta, faja o tira de material flexible. Bandeja del portugués y significa recipiente plano para servir. Bando viene del gótico ≪bandwo≫ que significa bandera, y también reunión de gente o ≪conjunto de personas en lucha con otras o con ideas opuestas respecto a ellas≫. Con esta información contradictoria que nos remite a diferentes lenguas (árabe, germánico, gótico, francés, portugués) es imposible darse cuenta de que todas estas palabras tienen en su base una idea o concepto de grupo, de unión. Así, por analogía con una banda (agrupación de hilos que conforman una cinta flexible) se crea tanto el concepto de un bando de personas como el de una banda musical, y la tela que les representa es su bandera, y un conjunto de tablones unidos en el que, a diferencia de una silla, pueden sentarse varias personas, es un banco. Volviendo entonces a la palabra abandonar y remitiéndonos a su sentido originario, significa haber sido dejado fuera de su bando. Y para comprenderlo no necesitamos saber ni francés, ni árabe ni gótico. Bastaría un poco de sentido común…
Creo que hace falta un nuevo marco teórico para la lingüista.
(extracto del capítulo 5.2 Etimología. ¿Qué hay detrás de las palabras? del libro No venimos del latín. Segunda edición revisada y ampliada.


La invención de la marca de género


En origen los sustantivos (=nombre de cosas) no tenían género. De hecho, en la mayoría de lenguas del mundo no existe el género gramatical. No hay género en inglés, ni en euskera, ni en chino. Lo que sucede es que en las lenguas europeas hay cambios en la flexión final de los sustantivos que se han identificado como dos géneros o incluso tres si contamos el neutro. Pero el género gramatical no tiene nada que ver con el sexo. Se trata de palabras que presentaban distintas terminaciones que, siguiendo el criterio del filólogo Joan Solà Cortassa [1] hubiéramos podido llamar género A cuando es 'no marcado', y género B cuando está 'marcado' y termina en [-a]. El género asociado al sexo sólo se manifiesta en el pronombre personal de tercera persona (él, ella) y sus diferentes formas. Es decir, somos los humanos y los animales los que tenemos género asociado al sexo. Lo habitual ha sido utilizar palabras distintas para indicar sexo distinto. Así tenemos hombre y mujer, caballo y yegua, vaca y buey, etc. El resto de sustantivos no tenían marca de género sencillamente porque las cosas y los conceptos no tienen sexo. Sólo terminaban de modos distintos.
Podemos clasificar los sustantivos como concretos y abstractos, comunes y propios, contables y no contables. Algunas de estas tipologías se expresarían con determinadas terminaciones. Lo que hemos llamado género indicaría una tipología gramatical. Así tenemos que en muchos casos la terminación en [-a] final indica un conjunto mayor: una huerta es mayor que un huerto; una cuba mayor que un cubo; una cesta mayor que un cesto; la leña está compuesta de leños; un madero es contable y madera más genérico y abstracto; los matemáticos son los hombres y las mujeres que se dedican a las matemáticas, mientras que las matemáticas son la ciencia abstracta que estudia los números.
En realidad lo que observamos es que el del sufijo final [-a] está otorgando un sentido genérico con un matiz inclusivo o pluralizador. Por ejemplo terminan en [-a] las palabras que designan animales: jirafa, pantera, iguana, tortuga, ballena, araña, etc. Se conocen como epicenos, porque la misma forma se usa indistintamente para un macho y para una hembra. También terminan en [-a] palabras que designan oficios: astronauta, policía, poeta, pianista, dentista. Otro grupo que termina en [-a] son las palabras que designan los frutos y las flores: fresa, manzana, pera, ciruela, aceituna, naranja, margarita, rosa, violeta, etc.
La idea de agrupar las palabras terminadas en [-a] bajo la etiqueta de marca de género se le ocurrió a Protágoras, un gramático griego. Fue él quien puso las etiquetas de masculino y femenino a las palabras griegas, afirmando que el género no marcado era el masculino, pero ya incluso su contemporáneo Aristófanes se burló de su afirmación. ¡No tenía sentido ni para los propios griegos!
La conclusión a la que han llegado investigadores como Silvia Luraghi [2] profesora de lingüística de la universidad de Pavia, es que las lenguas diferenciaban dos tipologías: una para animado, contable, individual y otra para neutro, genérico, colectivo. No tenían géneros en oposición masculino y femenino, sino que era una clasificación nominal. Por ello, la terminación considerada marca de género no sólo es una generalización muy reciente en el tiempo sino que además procede de un sufijo con sentido colectivo que, en algunas palabras, evolucionó hacia un antiguo determinante.

[Puedes leer el artículo entero aquí: Los romances derivan de una lengua madre de carácter aglutinante ]



[1] Filólogo y lingüista catalán autor de más de 40 libros. Impulsó, coordinó y dirigió la famosa Gramàtica del català contemporani vol. I, II, III. Barcelona: Editorial Empúries.
[2] Luraghi, Silvia. The origin of the feminine gender in PIE. An old problem in a new perspective. [en línea]

NO VENIMOS DEL LATÍN. Edición revisada y ampliada


NO VENIMOS DEL LATIN. EDICIÓN REVISADA Y AMPLIADA. Carme Jiménez HUERTAS

NU VENIM DIN LATINĂ.  Ediţie revizuită şi adăugită. Traducere de: MIHAELA ALDA


En este libro se presenta una nueva hipótesis de investigación que defiende que las lenguas romances comparten una tipología lingüística que nos remite a una lengua madre común de carácter aglutinante mucho más antigua que el latín. Recientes investigaciones demuestran que el cambio lingüístico a nivel de estructuras morfosintácticas es un proceso muy lento. La lingüística cognitiva supone una base simbólica a los constructos gramaticales, expresados a través de formantes composicionales que podemos reconstruir a partir de la toponimia y que han sobrevivido en el léxico de los romances actuales. Las pruebas son cada vez más concluyentes: este proceso no pasa por el latín. 
En esta edición se ha incorporado la lengua rumana. Los agentes de romanización que encontramos en el resto de países donde se hablan lenguas romances, no se produjeron en Rumanía, por lo que la hipótesis de que las lenguas romances no vienen del latín adquiere mayor solidez y consistencia.
Puedes adquirir tu ejemplar en:



Această carte nu este o retipărire, ci o ediţie amplificată. Pe de o parte sunt prezentate noi ipoteze de investigaţie care demonstrează că limbile romanice aparţin aceleiaşi tipologii lingvistice, ceea ce le relaţionează între ele, dar le diferenţiază de latină. Pe de altă parte a fost încorporată limba română. Faptul că în România se vorbeşte o limbă romanică pe un teritoriu mult mai extins decât cel ocupat de romani şi că această limbă converge cu romanicele occidentale, cu care nu s-a aflat în contact în ultimii două mii de ani, ne trimite la o limbă mult mai veche, de tip compozitiv, pe care o putem reconstitui pornind de la toponimie, descoperind anumiţi formanţi care au supravieţuit în limbile romanice actuale.

Dovezile sunt tot mai concludente: procesul de formare a limbilor romanice nu trece prin latină.
Voy a presentar el libro NU VENIM DIN LATINĂ en Bucarest a mediados de enero! A partir del 16 de enero, podréis adquirir vuestro ejemplar a través de:

  Dacia Art libros



¿POR QUÉ LOS ESPAÑOLES NO SABEMOS NADA DE LOS RUMANOS?

En la escuela se estudia la lengua nacional y una lengua extranjera; en el caso catalán se estudian dos lenguas nacionales y una tercera extranjera que suele ser el inglés. Sin embargo nuestros vecinos directos con los que compartimos fronteras políticas y culturales, hablan portugués, francés y árabe, lenguas que no se estudian en las escuelas. Esta situación explica por qué los catalanes no sabemos nada del euskera, por qué los gallegos no saben nada del catalán, por qué los andaluces no conocen el bable y así podríamos continuar en una larga lista de ignorancias recíprocas y vergonzantes. Dando un paso más, esta situación también explica por qué los españoles no sabemos nada de los rumanos. En las aulas sólo se menciona el rumano para decir que es una lengua románica, y se acabó la explicación.

¿Quiénes son los rumanos? ¿Por qué las palabras romano y rumano se parecen tanto? ¿Están etimológicamente emparentadas? El término Romanía significa tierra de romanos y, teóricamente, designó a todos los territorios ocupados por los romanos, no obstante acabase por designar la parte oriental del Imperio habitada por los dacios. La heroica conquista de la Dacia se atribuye al emperador romano Trajano. Sin embargo Aureliano abandonó la región a manos de los germanos. Después llegaron los godos, los hunos, los eslavos, los búlgaros, los turcos otomanos y muchos otros pueblos que ni se mencionaban cuando estudiábamos, porque no sabemos casi nada de este país centroeuropeo llamado Rumania que constituyó la Moldavia histórica, un grupo étnico expandido a ambos márgenes del Danubio. ¿Cómo pudo Trajano, nacido en Itálica, cerca de la actual Sevilla, implantar la lengua latina entre los dacios de un modo tan completo que haya logrado superar todos estos avatares históricos?

Esta es sólo la explicación «oficial». Si hasta ahora hemos puesto en cuestión la veracidad de las explicaciones que tratan de hacer derivar los romances occidentales del latín, ¿podría suceder lo mismo con los romances orientales? Sin duda será mejor preguntárselo a los propios rumanos. La sorpresa ha sido constatar que ya existe un movimiento rumano que intenta dar a conocer que es más fácil que el latín venga del rumano que el rumano del latín. No tenemos conocimientos suficientes para valorar esta hipótesis pero vamos a facilitar algunos datos para que sean ustedes quienes investiguen...  

NO VENIMOS DEL LATÍN, capítulo ¿ROMANOS O RUMANOS? Páginas 58 a 63